EXPOSICIÓN INDIVIDUAL: HORROR VACUI

“Consumo, vivienda, estatuto jurídico, carencias, infraestructura, equipamiento urbano, agua, drenaje, electricidad, espacios verdes, jardines, parques, plazas, vegetación, equipamiento escolar, jardín de niños, primarias, secundarias, media, profesional, alfabetismo, producción, plusvalía…” son algunas de las palabras que pueden leerse rodeando el rostro de Friedrich Nietzsche realizada con los restos de una vieja plantilla adherible de “Letter-Press”. La pieza se titula El creyente.

En realidad se trata de un importante rescate íntimo. Los planos arquitectónicos y las notas manuscritas en esta exposición pertenecen al Arquitecto Fernando Rodarte Sobrado y quien falleció en 1990 cuando Diego tenía escasos seis años de edad. Su hijo rescata una cantidad importante de planos y notas de trabajo de su padre y los utiliza literalmente como soporte de buena parte de sus piezas aquí presentes.

El título de la exposición, Horror Vacui, no es gratuito. Si bien es verdad que parecería estar en la lista de predilecciones de los mexicanos el horror al vacío (baste ver el arte popular y la herencia prehispánica que nos ha trazado esa ruta de abigarramientos y saturaciones), en este caso la expresión cobra un sentido más profundo y trasgrede de manera brutal lo plasmado sobre los lienzos.

El horror al vacío en esta ocasión aborda las ausencias de un padre a temprana edad y la recuperación, 26 años después de su partida, de algunos de sus papeles de trabajo así como la incorporación de ellos a las obras. Esta carga visual nos confirma que el rebosamiento al que se refiere el término en latín, está igualmente relacionado de manera directa con la búsqueda personal de las ausencias tempranas.

Con esta muestra Diego Rodarte cumple una década desde su primera exposición. Su trabajo en permanente desplazamiento, explora esta vez en algunos de los temas nodales de la contemporaneidad tales como las crisis de creencia, la corrupción y en una sexualidad a veces abierta y otras de cuidada representatividad.

Entre los dibujos que suelen repetirse de pieza a pieza, están los trazos que su padre hizo para el diseño de una iglesia que nunca llegó a construirse. Los espacios de la fe con frecuencia mueren en proyectos y el hecho de que Diego les otorgue preeminencia, delatan no las rutas de la creencia, sino los espacios consagratorios (en tierra), de los fallidos rituales de acceso a lo celestial (fuera de esta tierra). Ahí el crisol donde pueden venerarse los personajes más disímbolos de la picaresca contemporánea. Tan válidos y cuestionables como los de otras épocas; tan efectivos y fútiles como los de ahora.

En todo caso, el común denominador de estas piezas es el reencuentro íntimo y familiar de un pintor que se autorretrata (Personaje), con rostro y manos fieles a sí mismo pero siendo parte de un cuerpo inexistente, casi etéreo delatado apenas por una camisola transparente que lo vuelve visible pero irreal; presente pero inasible.

Esa fragilidad extrema queda de manifiesto en la La medida, donde dos manos sujetan delicadamente un hilo rojo unido en el centro por una delgadísima hebra. Así lo limítrofe, lo endeble y vulnerable de la permanencia de las cosas y de la memoria. Por ello, quizá como un antídoto contra el olvido, Diego Rodarte ha expandido los papeles de su padre y ha pintado sobre ellos. Andar sobre nuestros viejos nos hace mirar más lejos. Apropiarse del paisaje obliga a nombrar aquello que nos rodea. El horror al vacío es ahora una suerte de vastedad habitada.

Santiago Espinosa de los Monteros

Galería Traeger & Pinto Arte Contemporáneo.

México, D.F.

Exposición Traeger & Pinto

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